La presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta un dilema que puede definir el futuro del régimen morenista: decidir a quién proteger y a quién entregar ante la creciente presión del gobierno de Donald Trump. Washington ya dejó claro que quiere más nombres, más expedientes y más funcionarios ligados al poder político mexicano. Y cuando el poder entra en modo de supervivencia, las lealtades duran exactamente lo que duran los intereses.
En esa lógica despiadada, Morena y sus aliados comenzarán inevitablemente a sacrificar piezas menores para intentar salvar al núcleo duro del obradorismo. Nadie imagina, por ahora, que personajes como Ricardo Monreal o Gerardo Fernández Noroña aparezcan en la lista de sacrificables. Son demasiado útiles para el equilibrio interno del régimen. Pero hay gobernadores y operadores regionales cuya caída no provocaría una crisis nacional y hasta podría servir como mensaje de cooperación hacia Estados Unidos.
Entre esos nombres sobresale el gobernador de San Luis Potosí, Ricardo Gallardo Cardona. Un político que siempre ha generado más incomodidad que confianza dentro de ciertos sectores del oficialismo y cuya permanencia ha dependido más de su capacidad electoral y financiera que de afinidades ideológicas reales. Gallardo encarna el perfil perfecto del aliado desechable: útil mientras suma poder, prescindible cuando se convierte en costo político.
El problema para Morena es que el discurso de la “transformación” se está desmoronando bajo el peso de sus propias contradicciones. Prometieron limpiar la corrupción y terminaron rodeados de personajes señalados por abusos, escándalos financieros y vínculos oscuros. Hablaron de honestidad mientras construían una maquinaria política sostenida por pactos de impunidad y conveniencia. Hoy, la presión internacional exhibe lo que durante años intentaron ocultar con propaganda y polarización.
Donald Trump no está golpeando solamente a individuos; está golpeando la narrativa completa del obradorismo. Y mientras en Palacio Nacional calculan qué nombres pueden entregar sin incendiar el sistema, muchos gobernadores y aliados comienzan a entender una verdad brutal: en tiempos de crisis, el régimen siempre salva primero a los más cercanos al poder. Los demás simplemente se convierten en moneda de cambio.




